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“Las rayas” de Rodrigo Blanco
Calderón
Miguel Gomes
La progresiva desaparición de medios impresos donde la crítica literaria pueda
entablar un diálogo continuo y estructurado por un proyecto intelectual que
evite la dispersión y exuberancia selvática de la red, robustece en los últimos
años un viejo problema de nuestro campo cultural: la ignorancia relativa, fuera
de restringidos círculos, de obras que en circunstancias editoriales favorables
se habrían convertido en referentes colectivos. No hay ejemplo más notorio, a mi
ver, que el de un libro como Las rayas, aún no valorado entre nosotros como
merece, pese a los reconocimientos internacionales, pese a haberse editado en
nuestro país en 2011 y pese a haber circulado razonablemente ese año y, sobre
todo, el siguiente.
Los volúmenes previos de Rodrigo Blanco Calderón habían llamado la atención por
la habilidad de sus cuentos para registrar, casi sin proponérselo la radical
heterogeneidad del presente. En Las rayas, con mayor intensidad, el narrador
consigue erigir puentes entre lo local y lo mundial; entre la imaginación
literaria y la de la cultura serializada; entre lo íntimo y la torturada razón
pública del entorno nacional.
La convivencia de espacios, además de crucial en las tramas, diseña un sistema
de alteridades discursivas. El protagonista caraqueño del cuento que da título
al conjunto está a merced de una fijación literaria que combina lo rioplatense,
lo estadounidense y lo italiano. “Malena es un nombre de gato” describe el
periplo de una pareja de Venezuela a Uruguay en un patético intento de rescatar
su relación, aunque esa anécdota sólo encuentre su significado enmarcada en
otra. El desorientado héroe de “Pausa limeña” encarna al extranjero afincado en
Caracas que, no obstante, reactiva sus orígenes en paréntesis de inconsciencia
luego de toparse con un escritor peruanomexicano. “Flamingo”, por último,
gracias a la visión de inquietantes flamencos en el Guaire, retrata la obsesión
por los Países Bajos que siente uno de los personajes.
La iniciativa de vincular lo estéticamente refinado a los gustos de las masas,
común en Las rayas, alcanza en “Payaso” su máxima expresión. Este relato
amalgama la sordidez del noir actualizada por los monólogos de Alex Bell, ladrón
de archivos digitales en cibercafés y las manidas fábulas de terror de la TV o
los bestsellers. Bell, en efecto, se embarca en la tarea de entrevistar a una
celebridad jubilada tan diabólica como el explícitamente recordado It de Stephen
King. El narrador siente una morbosa curiosidad por reencontrarse con el
expayaso que maltrataba a los niños fuera del escenario y que lo había derribado
a él en una ocasión, sin considerar sus ocho tiernos años. El talante obvio de
la mención de King, aunado a las peripecias grotescas y la multiplicación
barroca de remisiones, pone en abismo la red intertextual. En el nombre del
payaso, Sony Fonseca (Fonsy), resuenan el de Popy, payaso de la Venezuela de los
ochenta, y el de un burlesco duro de sitcoms, el Fonzie de Happy Days. A su vez,
los happy days venezolanos se mezclan con el programa televisivo de Fonsy, que
sobrevivió hasta los saqueos de 1989, “cuando la economía se vino a pique”. A lo
que se añade el recurso a la palabra exacta para describir irónicamente las
distonías: “Para los que fueron niños en aquella época, Fonsy era un emblema
kitsch”. El Kitsch de Bell delata un Camp practicado por Blanco Calderón que le
permite asociar lo serio y lo no serio: por una parte, la alegoría nacional
agazapada en la cronología del Show de Fonsy y la de su regreso en la época del
populismo chavista; por otra parte, lo circense y la cursilería de los mass
media que nos atan a la ridiculez. Aquí se revela un doble código narrativo
donde chocan lo culto y lo pop sin que los valores de ninguno de los dos
prevalezcan. La autoridad necesaria para el despliegue de alegorías de esta
forma se anula, aunque no se borre de nuestro horizonte de expectativas.
Lo anterior no ha de extrañar: un componente esencial de la poética de Blanco
Calderón es el examen de los umbrales que unen o separan al individuo y su
comunidad. El fracaso, por consiguiente, se tematiza como destino imposible de
evitar. Un caso ilustrativo lo ofrece el relato “Las rayas”. La suma de
frustraciones del protagonista es cuantiosa: incómodas relaciones laborales;
obstáculos para establecer una relación erótica con Ciara (sic); la ominosa
espera de la visita de su madre. El cuarentón y soltero profesor de literatura
siente cómo se enajena con la lectura de un cuento de Quiroga que genera en él
una adhesión fatal. “Las rayas” del uruguayo, que evoca la peculiar locura de
unos escribanos, se transmuta en rayas caraqueñas de cocaína que conducirán a
nuestro héroe a la muerte. La venida de la madre, que juzgará su incapacidad de
madurar, señala el horror a la regresión una y otra vez reiterado: “El mismo
verbo rayar, capicúa, ¿no sería el símbolo secreto de esas relaciones?”; “Tenía
el tiempo contado. Confirmé esta impresión al ver algo que se movía cerca de mí:
una especie de péndulo frenético”. Tales vaivenes se naturalizan en la realidad
venezolana, que otros cuentos describen atroz: las estilizadas aves de
“Flamingo” frecuentan el “cauce podrido” que corre en un país que “es una
mierda”.
Una de nuestras opciones consiste en trazar paralelos entre el fracaso de los
personajes y las regresiones colectivas de una nación desmoronada en medio de
signos decimonónicos que ostentan las claves de la hora actual. Pero el
parentesco de la psicología individual y la de las masas es poco claro, tal como
en “Las rayas” lo es una vida sin Chiara. Ello nos impide someter estos relatos
a rígidas exégesis, no solo por la vocación campy del autor, sino porque la
afinidad de las anécdotas, que invita a totalizaciones, es neutralizada por la
fragmentación que exige el cuento, modalidad de escritura que sabe cancelar los
grandes discursos con un regreso físico e inmediato al silencio.
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