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Magisterio: Tristeza en las calles y en los rostros


Celis E. Rodríguez Serrano

Nuestro país ha perdido la alegría, el entusiasmo. Antes nos jactábamos en decir que éramos el país más joven de Latinoamérica, y eso se notaba en nuestras calles, cuando en horas de la mañana veíamos a los muchachos camino a la escuela. Por todos lados había niños alegres con sus franelas amarillas, rojas y blancas de preescolar y de primaria, acompañados de sus padres o de sus abuelos; observábamos las paradas de buses adornadas por el azul y el beige de Educación media; nos topábamos con los transportes de la UDO que recorrían cada pueblo de Margarita; y veíamos a los jóvenes futuros abogados, ingenieros, arquitectos, diseñadores gráficos, etc., copar las paradas para ir a las universidades privadas del estado. Luego al mediodía se sentía la algarabía de los niños en la hora del despacho; sudorosos, pero contentos, con la energía propia de la infancia. Era un país normal. Un país de niños y de jóvenes con esperanzas, con sueños, con futuro. Recuerdo que de niño teníamos tres fechas de estrenos en el año: El de la tradicional noche buena y el de fin de año; el de la visita a nuestra Patrona la Virgen del Valle luego de su bajada, y el del inicio del año escolar. Siempre esperábamos anciosos este día para estrenar el uniforme nuevo y usar los útiles escolares, todo con ese olor tan característico que aún percibimos en lo profundo de nuestra memoria. Sólo nos quedan los recuerdos. Hoy nuestras calles están desoladas, tristes. Pocos niños cuentan con el acostumbrado informe, menos con los útiles escolares; y en la mayoría de los casos caminan solos a la escuela, porque sus padres se han ido a otros países a buscar el trabajo y el sustento que les permita vivir con dignidad y garantizar el bienestar de su familia. Ya no vemos los buses de la UDO, peor aún, ya nuestra “Casa más alta” y demás universidades están técnicamente cerradas, porque nuestros jóvenes han tenido que emigrar a otras naciones en busca del futuro que acá les roba el régimen. En las escuelas ahora no sólo se habla de ausentismo y deserción escolar estudiantil; sino que es más acentuado el ausentismo y la deserción docente. Del país más joven pasamos a ser un pueblo envejecido por las necesidades que a diario viven todos los venezolanos. En la nueva Venecia, otrora Venezuela rica y pujante, ahora es “normal” ver por doquiera el hambre y la miseria dibujadas en los rostros de nuestros padres y abuelos, quienes ante la falta de gas en uno de los países con mayor reserva petrolera y gasífera del mundo, en pleno siglo XXI atizan un improvisado fogón, donde “sancochan” un kilo de maíz para hacer la arepa, que seguramente comerán “sola” por falta del pescao, carne o pollo para acompañarla. Ellos, con hondo sentimiento, combinación de rabia, nostalgia y decepción dicen: “en mis 77 años jamás había vivido una desgracia como ésta”, porque simplemente es eso ¡una desgracia! Quienes aún tenemos fuerzas y esperanzas debemos redoblar esfuerzos parar recuperar nuestro país, arrancarlo de las garras de la maldad y de la indolencia de quienes lo tienen secuestrado.
Ya no sólo se trata de luchar contra un régimen oprobioso y hambreador y de restituir la Democracia, sino que se trata de luchar por la vida, por la supervivencia a tantas calamidades.

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