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Niños desterrados


Por Mitzy Capriles de Ledezma.

Desde que he tenido que visitar varios países del mundo, abogando por la libertad de todos los presos políticos de Venezuela, incluido mi esposo Antonio Ledezma, nos encontramos con miles de ciudadanos que forman parte de ese éxodo masivo, consecuencia de la inocultable crisis que impacta a nuestro país desde hace ya casi dos décadas.

En primer lugar, salieron los llamados “visionarios”. Son aquellos venezolanos que hicieron maletas después que Chávez asumió el poder. Esos venezolanos intuyeron que lo que impulsaría Chávez no serían precisamente virajes con estirpe democrático, sino saltos al vacío como lamentablemente ha ocurrido. No estaban equivocados, Chávez asaltó las instituciones públicas y desgarró nuestro Estado de Derecho.

Otros salen huyendo de la inseguridad. Sobre todo, los jóvenes que no quieren engrosar esa lista mortuoria de los centenares de miles de seres humanos que caen abatidos por las bandas delincuenciales que actúan con la más aberrante impunidad.

También están los venezolanos que emigran buscando la asistencia médica que no es posible garantizar en Venezuela. En un país inmensamente rico, no hay insumos ni equipos médicos en los centros de salud, tampoco medicinas para atender simples enfermedades, para no hablar de los más de 400 mil compatriotas que acusan patologías crónicas y que están expuestos a “la buena de Dios”, porque simplemente no hay manera de atenderlos debidamente.

Parte de esos ya casi 5 millones de desterrados salen a correr un albur. Perseguirán un empleo digno y mejor remunerado. Dejan atrás, no sólo el país que tanto se quiere, sino también el salario paupérrimo que no sirve para lidiar contra el alto costo de la vida. No es que optan por más dinero que por patria. No, absolutamente no. Se trata de familias que peregrinan escapando de esa barbarie que encarnan los impostores de una falsa revolución que los empuja hacia los tiempos de miseria que parecían superados.

En esta última visita a Bogotá junto a Antonio, vivimos el drama de los niños que forman parte de esa legión de desterrados. Nos encontrábamos con niños venezolanos en diferentes calles bogotanas. Se me vinieron a la memoria los esfuerzos que hicimos para rescatar a los que en Venezuela estaban en situación de calle en los años 90. De la mano de expertas en ese tipo de trabajos, como Mildred Moreau, emprendimos una noble labor. Antonio había asumido la Gobernación de Caracas y existía una oficina para “la primera dama”. Le solicité modificar su fin y denominarla Comité de Acción Social. Luego en la Alcaldía del Municipio Libertador, establecimos una fundación que logró abrir varias casas de atención especializada a los niños en situación de calle, entre algunas, la Casa Tío Simón y Abuelita Mami. Para tal propósito, de Colombia contamos con la maestría del padre Javier de Nicolo y de Jaime Jaramillo.

Ante la dramática realidad que padecen los niños venezolanos en el destierro, se me hace urgente articular programas de asistencia que vayan mas allá de ofrecerles un pedazo de pan o una que otra ayuda casual. Es menester ensamblar un programa de alto alcance a cargo de nuestras embajadas, con la cooperación de todos cuantos podamos dar una mano solidaria. Estamos claros, como lo ha dicho reiteradamente Antonio, que la mejor ayuda es que nos ayuden a salir de Maduro y su pandilla, pero mientras tanto es imperioso ocuparnos de esas criaturas que junto a sus padres viven un verdadero infierno.

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