a

Las misas de aguinaldo en La Asunción

                       
Sor Elena Salazar  

Las misas de aguinaldo en mi pueblo comenzaban el 15 de diciembre a las 4 de la madrugada, toda la familia y amigos participaban de ella con demasiado entusiasmo. EL día anterior, mis padres nos acostaban temprano, a las 8 de la noche, para levantarnos a las tres y caminar hacia la catedral con el último campanazo de Claro, viejo sacristán y cancerbero de la iglesia. Choncho y Henry se acostaban ya vestidos con la ropa de misa. Mientras ellos dormían con su traje dominguero, mis otros hermanos: Alexis y el Negro preparaban sus patines. Recuerdo que mi abuela María Sérico, la vendedora de arepas, preparaba el chocolate para calentar el cuerpo de los más pequeños y amortiguar el frio de la madrugada. La botella de anís y el ron de ponsigués, que había sido preparado desde el año anterior en una garrafa de vidrio y enterrada en el solar de la casa por mi papá, no faltaba en los bolsillos de los pantalones de los más grandes. La tan esperada y emotiva misa comenzaba en la santa catedral y terminaba en la plaza con un grupo de músicos que cantaban los villancicos alusivos a la navidad. El cuatro, las maracas, el furruco y el tambor eran los instrumentos básicos para interpretar el canto de aguinaldo que al final era una sola parranda que contagiaba hasta al menos alegre. Germán Rodríguez, Choro Hernández, la familia Oliveros y los hijos del maestro Juan Cancio Rodríguez venían desde Santa Isabel y la Otra banda despertando al adormecido pueblo con sus parrandas para la misa de aguinaldo.
Al finalizar la misa, se hacía un recorrido a la plaza, en una sola procesión sin santos. La gente alegre de La Otra Banda, Salamanca y Santa Isabel regresaba a sus casas tomados de las manos cantando aguinaldos con el olor a ponsigués y a anís. Ese agradable y aromático olor a navidad acompañaba todo el trayecto de los músicos. El particular olor del anís me contagió y uno de los parranderos sacó un cuartico de su bolsillo y me dio a probar. Probé más de lo debido. Al ratico de haber saboreado aquella espirituosa bebida, y gracias a Dios, iba llegando a mi casa, empecé a sentir un dolor de cabeza y de estómago, sentí que la calle y la gente daba vueltas alrededor de mi, sin estar jugando a la cuerda. Indudablemente estaba mareada. El dolor de estómago aumentaba su ritmo al compás de los aguinaldos y un sudor frío me recorría desde la frente hasta los pies. Como pude llegué a mi casa y lo poco del anís, que no había llegado a mi sangre, ya no existía. En el piso del baño de mi casa quedó regado el poquito de anís, que ahora, es un recuerdo de infancia que guardo en mi memoria con las misas de aguinaldos de madrugada y la preparación del ron ponsigués de mi padre.
*Investigadora, docente, ensayista
Salazarsor@hotmail.com

Difunde está información
Compartir con:
Califica este artículo

lahoradigital24@gmail.com

Sin comentarios

Deja un comentario