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Mardeletras: Vaya manera de decir adiós

Juan José Prieto Lárez*

Mi tío Beltrán, apodado “alondra” era el hermano menor de mi papá, Juancito Prieto. Siempre trabajó el parape como nadie, fue un consumado artista a la hora del labrado sobre sus piezas. También, por qué no decirlo, todos los días las nubes etílicas lo embalsamaban en cada esquina asuntina. Su humanidad parecía derretirse desde cualquier hora hasta otras tantas.
Una barba blanca amanecía en su tez más oscura anunciando los espesos días de bebezón que lo acribillaban destemplándolo hasta parecer un desgarbado fantasmón. Los chasquidos de sus sempiternas alpargatas suelevaca arrastraban la dolencia de mi tía Machú, quien lo acogía en su casa en la Calle Ruiz. Allí, al pie de la última de las cinco columnas que alineaban el ceñido corredor, tenía sus macundales de trabajo recogidas en cajas de madera donde venían las velas, el tiñe de la vejez era evidente. Las pocas veces que pude verlo en su faena artesanal era en las tardes, cuando por encargo de mi padre iba hasta allá a buscar vituallas o frutas, luego que mi tía regresara del mercado donde tenía un puesto para su venta. El filo de las navajas, a pulso sereno, grababa finos arabescos en la parda cara de peines y peinetas que irían a parar a una distinguida clientela. En las postrimerías de su vida sus manos se hicieron torpes y desobedientes, aquel prodigio de destreza estaba llegando a su fin. Entonces dedicaba más tiempo a la bohemia.
Tal fue la urgencia de su delgadez y descuido generalizado, que un día mi padre envió por él a mis hermanos mayores, José e Ibrahim, que como pudieron lo llevaron a casa. Una pieza detrás de la bodega sirvió de reclusorio al bravucón pariente con dejo de ancianidad. No tuvo más remedio que aceptar la invitación impuesta por su hermano mayor. Una silla de descanso bajo un frondoso guayacán definió un estricto horario alimenticio, la tregua incluía lectura de periódicos, revistas y la compañía de un radio por el que podía enterarse del mundo exterior. Con ropa nueva, pelo muy bien cortado y barba rasurada, Beltrán parecía otro. Su nariz aguileña, ojos negros y cejas pobladas destacaban en un rostro que no conocíamos. Descubrimos un tío amable, cariñoso que nos echaba la bendición todos los días, tatuando en el aire la Santa Cruz. El comportamiento de sus manos se recuperaba poco a poco. Se nos hizo costumbre mirarlo regar las matas, recoger limones, parchitas y castañas dadas en el patio. Se nos hizo común ver al tío rozagante con kilos ganados, que lo desacostumbraron a la sensación lastimera.
Un día, después de muchos, soportando el benigno encierro, infirió a mi papá que debía dar una vuelta para conversar con los amigos. Juancito accedió, condicionando la hora de regreso y cumplimiento con la rutina de la cena. El reloj de la catedral ejecutó a cabalidad la virtud de contar las horas. Beltrán nunca llegó. No dio tiempo a corregir su pecaminosa ebriedad. Incumplió así con el amparo que pudo salvarlo por un rato muy largo. Volvió a sus andanzas y murió poco después. Padre no hizo más que resignarse.

*Periodista

peyestudio54@gmail.com

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