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Mardeletras: Vivir como vocación

     

Juan José Prieto Lárez*

Los recuerdos se siembran. No es lo mismo a sepultarse. Porque los mejores y buenos recuerdos se trasmiten, y es una manera de heredar la espiritualidad, todo lo que ella encierra, desde la manera de ser hasta lo perdurable del ejemplo.
En la sociedad asuntina hemos aprendido de lo que nos cuentan de quienes se han ido, y de tanto escuchar uno ejercita la mejor práctica de lo que otros fueron. Así nos convertimos en buenos ciudadanos. Cuando se trata de llevar a cabo la misión de servir a los demás tocamos lo supremo de la existencia, la florecida abnegación describiendo los bordes de un círculo que se extiende por generaciones.
Particularmente rescato del exilio recuerdos empolvados propuestos al crepúsculo del pesar, a otros los atesoro porque los llevo. Los vividos en el tablero de la cotidianidad, donde cada uno es una pieza que se ofrece a la jugada presta a ejecutar. Un domingo cuando el sol forzaba un enjambre de nubes húmedas para hacerse luz falleció Carmen Olimpia García. Quien naciera hace ochenta y tantos años con la vocación de servir al prójimo.
Por más de treinta años fue enfermera en el Hospital Luis Ortega, allí cuando un asuntino acudía en procura de salud preguntaba por ella antes que por el médico que lo atendería. De punta en blanco la recuerdo de ida y de venida siempre con una sonrisa sanadora. Era tal su vocación por hacer vivir que en las madrugadas la puerta de su hogar en la calle Virgen del Carmen retumbaba para que asistiera al enfermo donde fuera.
Su casa fue refugio para quienes urgían de su mano sabia para una inyección, una cura urgente por una pedrada tumbando mangos o macos en la plaza, era un puerto para las angustias de madres necesitadas y no tenían para el remedio de una persistente tos, un dolor de barriga inesperado. Cuando pasa a retiro del ajetreo entre camillas, llantos y fallecidos, sus pasos la orientaron a la oración por las almas en la Catedral, todos los días en misa una plegaria al Santísimo.
Ahora tenemos que contarla a quienes vienen atrás y conozcan su vida, su ofrenda al servicio colectivo, sin egoísmo, ella seguirá siendo un recuerdo de esperanza, que se sepa que existe gente buena en este mundo, pero que las puertas no se cierran sino todo lo contrario permanecerá como guía, ejemplo de entrega. Desde hace mucho sus restos está sembrados en el jardín de los justos. Dios sabrá darle su eterno descanso.

Juan José Prieto Lárez*
peyestudio54@gmail.com

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