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Ricaurte voló el fortín

                                             José Rodríguez Suniaga 


Los amaneceres asuntinos hacen honor a la condición de Ciudad del Silencio, como la bautizara el poeta para referirse a la ciudad de La Asunción. En la Calle Ruiz, sector El Mamey, una de las calles más emblemáticas de la ciudad, frecuentemente se rompía esa tranquilidad. Y no podía ser de otra manera, por un lado, lo alborotado de su gente, su camaradería y esa sana costumbre ruicense de agrupamiento de sus vecinos en lugares precisos para la conversa del día. La puerta de la casa de Chuito Trinquete, era uno de esos sitios preferidos para la tertulia obligatoria y quedaba al lado de la casa de Jesús Piñano Figueroa, patriarca mameyero y bodeguero de mucho renombre y respeto ciudadano. Y por otro lado, los acontecimientos que con regularidad se daban en esa populosa calle de la ciudad.
Una mañana, el ruido de una fuerte explosión fue lo que rompió la tranquilidad de la calle Ruiz. Los vecinos, alarmados, ven como el polvo se confunde con el humo que sale por el techo, las ventanas y la puerta de la casa de Jesús Piñano. Era el día de La Santísima Trinidad, Imagen Tutelar del Barrio El Mamey y cuya réplica estuvo por muchos años bajó la custodia de la familia piñanera
Y sucedió que el propio Jesús Piñano, para anunciar a la comunidad la celebración del día de La Trinidad Bendita, procedió a tirar unos cohetes, pero uno de esos explosivos estaba algo frio y no salió con la velocidad acostumbrada, sino que tardaba en hacerlo, por ello, Jesús lo sacudía para avivarle la chispa y ayudarlo a elevarse, y el cohete, nada que salía. La angustia se apodero de la familia presente en la sala de la casa…La Negra, su esposa, le gritaba, suéltalo Jesús, suéltalo… Emiro y Yique exclamaban, suéltalo Papa, suéltalo papa, suelta esa vaina, suéltalo.
Y Jesús, no le paraba a nadie y continuaba meneando su cohete. De pronto…la explosión, la confusión, los gritos, el llanto, el polvo, el humo, el derrumbe del techo. Todos gritaban y corrían. Pasada la confusión, pudieron observar a Jesús todo tiznado y con sangre en los brazos, en las manos, en el pecho y la frente. Como pudieron lo vistieron y salieron con él para el hospital. La gente se movilizó y se aglomeró a las puertas de la casa y todos preguntaban que había pasado y Trinquete, quien había sido el más entusiasta de los colaboradores se adelantó a responder:
Mijito, ¡que Ricaurte voló el Fortín.

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