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Mardeletras: El último aliento del poder

Juan José Prieto Lárez*

Siempre las tertulias en una plaza son un aprendizaje. Muchos de los asiduos son personas de ochenta y tantos años, setenta y así, hay una gama de experiencias generacionales que uno ignora. Quienes pretendemos en buena medida recopilar esas historias para recrear una buena lectura, es una fuente inagotable de detalles que permite un menú diferente en algún diario o revista. Recordar es vivir, no es mentira.
A medida que nos cuentan episodios refrescamos otros que tiene que ver con el que uno conoce o tiene una referencia cercana. Las tardes asuntinas en las plazas de Luisa Cáceres y Bolívar gana cada día más adeptos por los personajes que se sientan a hacer un ejercicio de recordación de la sociedad neoespartana, sus costumbres y el carácter anecdótico de la convivencia humana. Por estos días contó uno de los asiduos panelistas contó que hubo en La Asunción un General, no recordó su nombre, incondicional con el gobierno de Juan Vicente Gómez. Tenía el poder en sus manos, era el hombre fuerte en aquella Margarita de entonces, provinciana y fácilmente gobernable. Bastaba una voz de mando y un tanto de impiedad para ser temido más que respetado.
Lo cierto es que había una muchacha casi niña, casi adolescente que vendía conservas de coco, eran los tiempos en que cada familia tenía de por sí un oficio rentable, ya fuera la panadería o dulcería. Desde la colonia los asuntinos supieron jugársela con su ingenio laborioso.
Un día el señor amaneció con ganas de saborear algo diferente al habitual sancocho o el infaltable pescado frito. Con su rostro insociable, adornado de un bigote aceitoso y barba mal cuidada vio venir a la muchacha tierna y fresca llevando en sus brazos la bandeja con redondeadas delicias caseras. Un holgado camisón floreado destacaba su figura esbelta y buenas formas. El hombre suspiró sobándose la prominente barriga, eructando despacio para no espantar sus lascivas pretensiones. Cuando estuvo cerca la inocente carajita ofreció las bolitas de coco al uniformado, éste sonrió acuciante, mientras su mira fue a parar a los incipientes senos asalmonados de la que más tarde sería su perdición.
Su poder se hizo sentir cuando ordenó a los pocos guardias acantonados en el escueto regimiento al lado de la plazoleta de tierra, a que salieran a hacer una recorrida y apresar a algún zagaletón. Todos fueron a cumplir la orden, lo que aprovechó el descarado hombre para llevar a muchacha hasta la cocina, allí la invitó a sentarse y ofreció un guarapo de papelón, miró sus rodillas y le fue fácil imaginar el resto de su entrepierna. La sedujo prometiéndole comprar todas las bolitas de coco todos los días. Al día siguiente luego de haber desayunado una pana de morcillas y chorizos, pasó la vendedora con la bandeja llena de la mercancía dulzona, otra vez los guardias a buscar a nadie.
Ahora le propuso la unión carnal y como un desaforado montó encima de ella, en ese momento un infarto fulminante paro en seco el desbocado corazón del General. Desde ese día se conoció a la linda joven como la doncella tumbagobierno.

*Periodista
peyestudio54@gmail.com

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