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Humberto Celli 80 y sigue igual

Humberto Celli es un hombre integro. Así creo definirlo bien, perfil ajustado a su trayectoria de hombre público y bastión familiar. Lo recuerdo como una de las referencias que teníamos los muchachos interioranos, que mirábamos desde lejos las presentaciones públicas de los lideres encumbrados en la dirección nacional del partido. La primera vez que lo saludé personalmente fue en marzo de 1969, en San Juan de los Morros. La sorpresa que me llevé fue tropezar con un ser terrenal, llano, sencillo y accesible. Nos habló, aquella vez, de las adversidades que se tienen que saber superar en la carrera política que estábamos dispuestos a seguir. Veníamos de una agria derrota en las elecciones estudiantiles en mí liceo, Juan German Roscio.

Posteriormente llegué a codearme con Humberto en la mismísima cúspide partidista. Nunca fue egoísta, más bien celebraba nuestros ascensos porque él se enorgullecía de ser “el protector de las nuevas generaciones”. No olvidaré jamás su gesto de ceder la Presidencia de la Comisión de Asuntos Penitenciarios que le correspondía. Estaba a su lado en la sesión y me interrogó, “mira Antonio, ¿tú le quieres echar pichón a esa comisión?” Sin pestañear le dije que sí y de inmediato Humberto puntualizó que “esa comisión la va a presidir Ledezma”. Y así ocurrió. También me dio su apoyo para llegar a ser Secretario Político Ejecutivo, en aquel azaroso proceso sobrevenido en el CDN de enero de 1989. Humberto y Hector Alonso se entrelazaron e hicieron posible nuestra rutilante victoria.

Una vez que me designaron Secretario para las relaciones entre partido y gobierno, estando reunidos en La Casona, Humberto planteó que yo fuera el vocero de esos encuentros. Y así también ocurrió.

Puertas abiertas siempre estaba Humberto en su despacho en el tercer piso del edifico azul y blanco de La Florida. De alli salía a cumplir su oficio de parlamentario, llegando a ser vice presidente de la Camara de Diputados. Sus recorridos por los estados del país eran frecuentes. Nunca perdió el contacto con la dirigencia que conocía y llamaba por su nombre de pila, como confianzudamente lo hacíamos todos cuando nos dirigíamos a él como “compañero Humberto ”.

A sus 80 años Humberto no nos lega obras literarias ni semblanzas de académico almidonado. Pero sí una imagen nítida de ser un hombre honesto a carta cabal. Y eso cuenta mucho. Nunca se benefició del poder ni de las posiciones de mando que desempeñó. Sigue habitando la morada modesta donde anclo para toda la vida con su inseparable Virginia. En El Cafetal, hecho raíces y dieron sombra a una familia ejemplar. Lamentablemente no llegó a ser ministro de los gobiernos presididos por hombres de Acción Democrática. Cuando Carlos Andrés Pérez lo tenia en agenda para el Ministerio de La Juventud, se atravesó el cogollo y propusieron otra opción.

A Humberto lo admirare siempre. Porque ha sido un hombre bueno y recto. Demostró capacidad, sagacidad política y un infatigable espíritu de superación personal, desarrollando habilidades para comprender las realidades económicas, políticas y sociales de Venezuela. Sus intervenciones privadas y públicas siempre eran acopladas a tesis que sabia exponer y defender sin estridencias ni arrogancias ni dogmatismos.

A sus 80 años se empina como un recio roble, con esa talla de ciudadano que puede mirar de frente y saberse honrado por su desempeño transparente desde las posiciones que ocupó, con más recursos y poderes que cualquier gabinete del mundo. Un gran abrazo maestro de juventudes, desde este exilio doloroso que se nos alivia sabiéndote un valioso amigo.

Antonio Ledezma y Mitzy Capriles de Ledezma.

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