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Mardeletras: Vidas del destino

Juan José Prieto Lárez*


Ifigenia jamás supo quién fue su padre. Algunas voces daban luces sobre un rico mercader que estuvo de paso en Puerto Luz, una islita brasileña identificada como un sucio en el mapa de tan extenso territorio. Para 1883 tenía treinta años cuando murió su madre Carmiña. Una muerte tan natural como el azul del mar que teñía el cielo siempre despejado, limpio, esperando visitas. Gente humilde donde nada sucedía sin que todos lo supieran. Ifigenia no fue capaz de construir un castillo de arena, jamás.
A partir de esa edad Ifigenia supo lo que es la soledad, cómo verse sola acompañada de nadie en su casita de palma donde la entrada era un arenal de humedad perpetua. Cuando era posible, se animaba a jugar cartas con los poquísimos vecinos hasta sentirse más sola cuando la oscuridad de la noche llegaba con prestancia y antipatía, pero llegaba. El resto del día era para pensar en su madre. Nunca se propuso a hacer nada más. Sentía que su vida se había clausurado, sin un amor al que amar, y que la amara. Los lienzos de su mente la rodearon de tal manera que antes de dejar los treinta avizoró que partiría de este mundo así como su madre, con todas las penas posibles en su alma desolada. Dejó de existir dejando su treintena de años
En 1938 nació Magdalena Morán, se juntó con Samuel Arcia y ambos tuvieron su única hija, la llamaron Rosandrea. Era el retrato de su madre, decía todos. Él como pescador vivió siempre a orillas del mar en una pequeña isla llamada Los Testigos, donde sus cuarenta habitantes en 1788, derrotaron al corsario inglés Williams Browto, un saqueador insaciable del Caribe. Madre e hija eran muy unidas, hablaban del futuro de cada una. Rosandrea planeaba irse a la isla de Margarita a estudiar porque no creía que sus manos soportaran tantas hincadas de espinas de pescados, todo el día, todos los días. En una virazón que entró de repente a la mar, el bote de Samuel desapareció para toda la vida. Madre e hija, indefensas ante la angustia del desamparo llegan Margarita. Donde el bote las dejó allí plantaron su ánimo para continuar sus anhelos. En El Tirano. Rosandrea estudió, mientras su madre se dedicó a ir todos los días al cementerio donde decía que estaba su marido. Era tan solo un promontorio de tierra que limpiaba en cada visita. Una cruz que le hiciera alguien con la quilla de viejo barco era el más sentido y puro homenaje al amor ya ido.
Años más tarde muere Magdalena. Rosandrea no cree sobrevivir a la soledad, sin amor al que amar y que la amara. Poco a poco se acostumbró a las cuatro paredes de su casita y a los atajadizos de su memoria. Quedó recluida en sí misma. A veces pensaba qué hubiera pasado de haber vivido otra vida, en otro lugar, tal vez en una islita de Brasil. Estaba por alcanzar los cuarenta años cuando dejó este mundo.
*Periodista

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