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Mardeletras: Lo blanco vuelto rojo

                                                

Juan José Prieto Lárez*


Han pasado treinta y un años, y aun cuando se miran las calles pareciera que los cuerpos sin vida siguen ahí, tendidos a la noche, al día, con un charco de sangre a un costado. Al paso del tiempo se va distanciando en el almanaque aquel lunes 27 de febrero de 1989, pero en la memoria se aviva en cada venezolano la crónica contemporánea más dolida. Fue cuando los cerros caraqueños decidieron mudarse por un rato a la urbe. Nunca se imaginaron, quienes lo habitaban, que serían protagonistas de la historia que siguió el rastro de los caídos a causa de las balas de la República. Una masacre signada por un poder resquebrajado por designios del FMI, y un presidente flanqueado por múltiples presiones que lo tornaron frágil. Un el reto al que depuso su propia razón política.
Ese lunes a las diez de la mañana presto yo a cruzar los islotes arbolados del estacionamiento de la biblioteca central de UCV, el edificio rojo como le decían por aquellos días, rumbo a tomar el colectivo más usado en la Caracas de entonces: el autobús San Ruperto, ya que por extrañas razones una atmósfera de tensa calma se apoderó de aulas y pasillos de la máxima casa de estudios. Decidí irme al centro de la ciudad. Allí en ese amplísimo aparcadero me topé con mi amigo Roberto Ruiz, quien en años siguientes se convirtió en mi compadre de sacramento, y me dijo abriendo, abriendo la puerta del chofer, de su carrito Zephir amarillo: ¡ no hay clases!. Él culminaba sus estudios de Odontología y estaba parapetando un local cerca de su casa en Los Rosales que sería su clínica privada. No supo darme más razones de la ausencia estudiantil. Acompáñame a Catia a comprar cerámica. Enfilamos por la avenida Victoria hacia Roca Tarpeya. Por el canal contrario no pasaba carro, en las aceras de ambos lados mucha gente a pie. Encendí el radio que habitualmente, Roberto, como músico y también director de coros lo tenía sintonizado en Radio Nacional. Busque las noticias. y ya hablaban de la propagación de los desórdenes que comenzaron en Guarenas muy temprano en la mañana. Algo está pasando me dijo.
Cuando giramos a la derecha para enrumbar hacia el Helicoide vimos que un centenar de motos y patrullas que venían en manada por la avenida Nueva Granada, con las luces encendidas, parecía un reguero de candela a pleno sol. Roberto se vio obligado a saltar la isla, y nos adelantamos para adentrarnos por el Cementerio hasta llegar a Los Rosales, subimos al bloque # 6 donde él vivía. Nos recibió Nicha, su mamá, quien con voz de mando sentenció “muchachos me hacen el favor y no salgan que Caracas está encendida”. Los canales de televisión daban cuenta de manifestaciones por todas partes, en el barrio la Cruz que colinda con El Valle se notaban densas columnas de humo. Cuando cayó la noche los saqueos eran inminentes, el negocio de los chinos, una carnicería, una venta de lotería y un abastico que surtía a los vecinos no tardaron en ser víctimas del pillaje. Un curioso personaje, Julio Quintana, que vestía de blanco, por creencias espirituales, todos los lunes fue apresado por tres guardias nacionales. Nosotros, desde la ventana de una de las habitaciones que daba justo a la calle, escoltamos al grupo hasta que la esquina del pequeño edificio truncó el seguimiento al celaje níveo, segundos más tarde se escuchó una seguidilla de tiros. Al día siguiente con ojos entumecidos vimos trazos húmedos de un rojo espeso repitiéndose en la calle, en las aceras. Muchas cosas quedaron colgadas a la imaginación, sobre todo la tiñes del traje de Quintana. Caracas amaneció colmada de muerte ese día.
*Periodista

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