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Mardeletras: El rufián

                                                                      

Juan José Prieto Lárez*

Al personaje central de este relato lo llamaremos Isidro. Ustedes verán las razones obvias. A éste, una brizna de nostalgia lo invadió y se vino a su tierra, a Margarita. El ánimo se lo trajo a rastras. Había decidido retomar su vida en la isla, a su vida de antes. Para aliviar el olvido convido a dos amigos para la compañía en caso de algún colapso emocional y cayera en una depre, porque atrás también había dejado sus amores.
Era agosto, muchos serían los días de diversión, también propicios para mandar al carajo los pesares y apasionamientos, que tocaron fondo días atrás. Se convirtieron en asiduos bañistas en playas margariteñas, unos tragos comedidos fueron derrumbando los recuerdos que Isidro, para su infortunio, atesoraba de sus experiencias en la gran Caracas. Pero no todo debía ser alcohol para librarse del yugo nostálgico, ahora envestido de cursilería sentimentaloide. Debía hallar la manera de zafarse de ese pasado, aunque de cierta manera había dejado huellas en su agitada vida.
Un día uno de sus amigos lanzó una frenética propuesta: explorar la zona burdelesca, por allá por Punda, o lugares de “chicas malas” de la vieja Porlamar. Luego de consultar a su jovial murria, Isidro resolvió estar de acuerdo en procurar el deleite de la carne, tal vez era lo que faltaba para relegar sus pendejos sentimientos enamoradizos de los cuales quería desechar definitivamente de su lado amoroso. El otro masticó la idea pero no la tragó, aduciendo una previsora actuación con una contagiada meretriz, que su virilidad se viera afectada por cualquier bicho. Consideró que aquella cruzada era un disparate.
Los otros dos hicieron caso omiso. Así los tres se fueron a Punda, al Bar La Embajada. El proponente de la idea no lo pensó dos veces y de una se fue de brazos con una fulana que aguardaba a las puertas del pecaminoso recinto. Se perdieron por un sórdido y sombrío pasadizo de atmósfera enrojecida derramada sobre una hilera de cuartuchos de donde brotaban gemidos, obscenidades y rancios olores. Isidro quedó expectante en la mesa como aguzado cazador, acompañado de una caraquita apenas empezada. El otro pana se quedó en el vehículo. En medio del tumulto apretujado, acompasando sus pies al ritmo de insistentes discos de Los Terrícolas en una rokola recostada a una columna en medio del salón, allí se podía mirar desfilar toda la fauna de hembras nocturnales.
Desde su observatorio Isidro divisó a su “víctima”, acodada en la barra de cemento del cicatero bar, botella en mano se acercó a hacer el negocio. Cuando estuvieron de acuerdo con el coste del revolcón, ella le pidió que la tomara por la cintura, la chica dio un traspié que puso en alerta a Isidro, la sospecha de una rasca era cierta. Aun así ella dirigió la caminata hasta un tugurio desocupado. Al entrar lo invitó a desnudarse y que procediera a la protocolar limpieza de su miembro. Mientras ella se ocupaba de deshacerse de su poco ropaje, pero antes isidro miró por un espejito con marco de madera colgado justo encima del lavamanos donde estaba ahora, que la chica colocaba los cien bolívares del coste coital debajo de un mantelito plástico con vistosas flores cubriendo una mesita de noche. Una vez terminado el aseo previo se fue a la cama, ya ella estaba allí. A mitad del acto se quedó dormida, y él concluyó lo suyo sin apresuramiento alguno. Volvió al aseo poscoital, se vistió con toda su calma y con el mayor sigilo. Antes de abandonar el cuartucho, levantó el mantelito agarró los cien bolívares y salió en liviandad, complacido de su desahogo corpóreo. Reunidos nuevamente los tres, los protagonistas contaron su experiencia, cuando Isidro finalizó su cuento le dijo el abstemio: actuaste como un verdadero rufián.

*Periodista
peyestudio54@gmail.com

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