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La Asunción duerme su tristeza

Sor Elena Salazar.

En las viejas y enladrilladas calles de mi ciudad, se advierte de cerca la angustia, la tristeza de marzo y la incertidumbre de abril, pero más aún se percibe el miedo, el temor de ser alcanzado por un entrometido turista que viaja desde Wuhan, China. Es más tirano que Lope de Aguirre, más osado que el Marqués de Maintenon, y más intrépido que Pablo Morillo. Pero ahora en la vetusta ciudad ellos, son solo un recuerdo que queda en las crónicas de la historia Neoespartana. La gente de mi pueblo con su nuevo traje, máscaras, guantes y trapos que le cubre desde la cara hasta los pies, venciendo el calor isleño, saluda desde lejos, camina de prisa como si alguien la persigue, como si los duendes de Cantarrana y Santa Isabel quisieran atraparla. Esta gente que se sentaba en la plaza para husmear y matar el ocio de la jubilación; esta gente, que se detenía en la equina para comentar el último entierro, los constantes apagones o para hablar mal del gobierno, ya no se detiene, ahora su pensamiento es otro, sólo piensa en su lejana familia, en proteger su vida y orar para que el indiscreto turista de este siglo no llegue a esta prócera ciudad. Esta gente, que de toda acción hacía una anécdota, que de alguna dislocada palabra se reía y cantaba, ahora acata estoicamente una cuarentena para preservar su salud, amenazada por el foráneo y agresivo turista.

Desde el intrincado y legendario cerro de Matasiete, escenario épico de los margariteños; desde la fortaleza de Santa Rosa, donde Luisa Cáceres de Arismendi probó su heroísmo e ignoró la muerte, y desde la intermediaria imagen de nuestra señora de La Asunción, anclada y venerada en la antigua catedral, nos atrincheramos, como recios gladiadores, montados en la esperanza de la fe para combatir a la extranjera Pandemia. La fuerza celestial de la “Salve Reina de los Asuntinos”, jamás permitirá que la cólera del COVI-19 pise las tierras de Espartanos y de Aqueos, y si osara hacerlo la derrotaría y la aniquilaría con su túnica y su oración. Confiamos en ti, Reina y en Hestia, virgen y diosa, protectoras de la familia asuntina para que frenen la furia de la Pandemia que viaja sin pasaporte. Por ahora, quédate en tu casa.

                                                                                                 
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