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Daños colaterales

Por Manuel Narvaez


Para desgracia de las sociedades, algunas veces sucede (la nuestra actualmente atraviesa esa circunstancia) que el militarismo y la lógica de la guerra –la destrucción del enemigo- desplazan a la política. Entonces, trastocando el aforismo de Clausewitz, prevalece como actitud básica el principio según el cual “La política es la continuación de la guerra por otros medios”.

La militarización de la política y, en consecuencia, su deshumanización, ciega a la dirigencia del país ante la mortal amenaza del coronavirus. Enfocados en el objetivo de vencer en la porfía por el poder, desestiman la urgente necesidad de alcanzar acuerdos que amortigüen el impacto de la pandemia. Siguen jugando al “chicken game”, salvo que la carrera hacia el precipicio no se produce en una planicie desierta, sino arrollando a una población inerme.

Los señores de la guerra utilizan la expresión “daños colaterales” para referirse a las consecuencias indeseables que inevitablemente, o de manera accidental, provocan las operaciones militares. Con ese frio eufemismo califican, por ejemplo, a los desplazamientos de la población civil que huye de la muerte, a la destrucción de un hospital por un misil que yerra el objetivo o a la fractura de los circuitos económicos de producción y abastecimiento. En nuestro caso, las víctimas biológicas y económicas del coronavirus se están considerando no como seres humanos que sufrirán y fallecerán, sino como simples daños colaterales.

Tanta indiferencia, tanta insensibilidad ante la suerte de los venezolanos, quizá encuentre benévola explicación en que se confía en el improbable milagro de una curva de contagios con perfil asintótico. Total, en el 2013 cuando se hizo evidente la inviabilidad del rentismo bolivariano (Socialismo del s. XXI), en lugar de rectificar, Maduro fijó como escenario milagroso “Dios proveerá”. Y Dios no proveyó.

Es evidente que cambiar de mentalidad, reajustar el enfoque y buscar sinceramente un acuerdo, no es soplar y hacer botellas. Quizá, como el Titanic en su hora final, ya sin margen para enderezar el rumbo, sea inevitable la tragedia. Sin embargo siempre será bueno recordar que hay opciones: frente al militarismo existe el civilismo, frente al egoísmo indiferente existe la solidaridad generosa, frente a la mezquindad de los intereses sectarios existe el destino trascendente de nuestra nación.

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