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¡Los generales de hoy!


Enrique Prieto Silva

Mucho puede hablarse de esta figura, bien sea con crítica constructiva o destructiva, pero bien vale la pena en este momento, cuando en Venezuela sujetos inescrupulosos, confundidos e ignorantes que ostentan inmerecidamente el grado de general, son objeto, unos de halago y otros de críticas, originadas ambas de conductas que no se corresponden a la esencia del liderazgo que representan y se apartan en gran proporción de los parámetros más generalizados, orientados de las gestas militares y políticas del mundo.
En teoría, “estrategia es el arte del general”, de allí que cuando hablamos de estrategia nos imbuimos en el conocimiento de la figura militar más centelleante, cuyo grado es la máxima aspiración de todo oficial militar, bien sea profesional o erudito de la táctica. Es la elevación del artífice militar, quien debe reunir una serie de atributos morales, culturales, de mando y disciplina, de orgullo, de ética y de conocimientos, que hacen del personaje el ejemplo del militar.
No escapa a nuestra abstracción, el progreso emblemático de este grado en la carrera militar venezolana, por lo que es fácil deducir que el mismo se ha utilizado por los diferentes mandos y gobiernos, como un atributo o pendón para premiar o complacer el ego y la ostentación de muchos incapaces. Así ocurrió con Gómez, cuando éste crea la nómina de los “doctores generales”, hasta nuestros días cuando aparecen los “generales doctores”, deshonrados por los mediocres que solo saben hacerse llamar “generales”, blandir el bastón de mando, ordenar sin sentido de fruición, hasta con flatulencia, sintiéndose ¡la verga de Triana! o ¡la verdad emblemática!.
¡Ah, se nos olvidaba!, de porcelana son los jarrones chinos, que solo sirven para la decoración y pareciera que en esto quisieran convertir a nuestro grado de general. No hay dudas, el general, no solamente es el artífice de la estrategia militar, sino que tiene que entender, para diferenciar el momento, cuando su rol lo conduce a la guerra y cuando a la política. No podemos olvidar a Kar von Clausewitz, quien enlazó la política con la guerra al establecer, que esta es la continuación de la primera por otros medios, de allí que un general tiene que conocer el límite de ambos escenarios para no incurrir en el error de creer que puede ejercer los dos roles simultáneamente. ¡He aquí el ejercicio de la dictadura!, no de la guerra, mucho menos de la revolución.
Un general debe ser prudente, audaz, firme, atento y circunspecto. Debe ser magnánimo, prudente, audaz sin temeridad, orgulloso sin presunción, firme sin obstinación, exacto pero no detallista, atento sin desafío, circunspecto sin sospecha; conocerá lo grande y lo pequeño, lo fuerte y lo débil, lo poco y lo mucho, lo pesado y lo ligero, lo lejano y lo cercano; sabrá colocar sin confusión y combinar siempre con oportunidad, de acuerdo a las circunstancias, los tiempos y los lugares. Nunca debe dejarse llevar por la pasión que surge de la adulancia o de la iniciativa insincera, en especial, cuando su acción está dirigida a ganar indulgencias y vítores del jefe político.
Un general debe ser instruido y tener imaginación, debe ser justo, lleno de rectitud y desinteresado. Para estar en estado de mandar un ejército, hay que ser tan hábil en las armas como en las letras; hay que saber sacar partido tanto de lo débil como de lo fuerte. Un general instruido es como una antorcha ardiente que difunde su brillo y da la luminosidad necesaria, de la cual los oficiales deducen las diferentes órdenes, que conducen a todos los que están bajo su mando.
Un general justo e imparcial destruye todo motivo de descontento y de murmullo, se hace amar aun cuando inflija penas y castigos. Un general lleno de rectitud sabe enrojecer oportunamente, no teme reconocer sus errores, ni se avergüenza de confesarlos. Un general desinteresado no ahorra ni sus cuidados ni sus penas, sacrifica todo por el bien de la patria, no es jamás víctima de los artificios del enemigo, no tiene ni acepta proyectos ambiciosos, no trata de enriquecerse ni permite el enriquecimiento ilícito, ni se deja corromper por el incentivo de los honores, de las prebendas y de las riquezas, y está a prueba de todo. Un general que reúne en su persona todas esas cualidades es, sin duda alguna, un buen general.
No debe degenerar en orgulloso y vanidoso. Un general que tiene vanidad sin duda busca los aplausos. Presumido de sí, se convence de que sólo son buenos los proyectos que él ha creado, que no hay otras buenas medidas que las que él toma, que no hay buenas resoluciones más que las que él decide, ni buenos caminos más que los trazados por él.
Lamentablemente, como en nuestro caso hoy en Venezuela, el mal gobernante en los mayores extravíos le elogia, le prodiga adulaciones. Los errores más grandes no le desengañarán, pues los ignora. ¡Cómo habría de conocerlos, si se le ocultan cuidadosamente y él se los disimula a sí mismo! Bien pronto su vanidad degenera en petulancia y en orgullo y ya no ve nada, no oye nada, ni hace nada. Se vuelve odioso, lo detestan, lo hacen fracasar, lo traicionan.
El general debe ser sencillo; debe conocer el arte de vencer como los que han seguido esta misma carrera con honor, es precisamente a lo que debe tender. Querer imponerse a todos y tratar de refinar los asuntos militares, es abusar del poder y correr el riesgo de romper los parámetros y caer en la mediocridad.
Debe mantener la iniciativa; por compleja, grave y dura que sea la situación, debe saber organizar y emplear sus fuerzas en forma independiente, activa y apropiada, sin sobrepasar los estándares ni fundamentarse en el abuso y en el exceso.
Un general debe tomar decisiones y asumir sus responsabilidades. Cuando deba tomar decisiones según las reglas, no debe esperar ni interpretar las órdenes del príncipe y cuando deba actuar contra las órdenes recibidas, no debe vacilar por miedo a las represalias. La primera y principal intención de quien se pone a la cabeza de sus tropas es cumplir la misión sin subterfugios.
Todo este análisis, para enterar a los militares, que ser general no puede ser un grado para el ascenso por tiempo de servicio y buena conducta, como se viene haciendo desde que a un ministro de la defensa se le ocurrió apoyar a Chávez en la idea de utilizar el grado como premio a la lealtad y a la constancia, sin importar el peso necesario de las cualidades que antes exhibimos.
Es inconcebible, que Venezuela, un país con una escasa población de apenas tres decenas de millones de habitantes y unas fuerzas armadas excepcionadas solo para la defensa militar, ascienda coroneles a generales sin que existan plazas vacantes en las unidades militares y los destinen a cargos en la Administración Pública y otros cargos dentro y fuera del país, sin discriminación ni evaluación de capacidad para los cargos.
Basta ya de escuchar la expresión: ¡Un general de los de antes! Por menosprecio a ¡la generalidad!
@Enriqueprietos

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