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El precio del petróleo

Por Manuel Antonio Narváez

Rien (nada). Esa fue la singular y lacónica palabra que Luis XVI escribió en su diario la noche del 14 de julio de 1789. Imagino que el déspota de Miraflores, igualando a su homólogo francés (distantes en elegancia y finas maneras, pero tan cercanos en arrogancia autocrática), habrá escrito (aunque, más allá de la firmota presuntuosa, no me consta que sepa hacerlo) algo similar la noche del pasado lunes 20 de abril.

El monarca Borbón ignoró nada menos que la Toma de la Bastilla; mientras que el reyezuelo bolivariano pasó por bolas el descenso al infierno del precio del petróleo. Los antiguos griegos decían que los Dioses ciegan a quienes quieren perder; es decir, los Dioses hacen perder el sentido de la realidad a quienes han condenado. Creo que por el daño que ha causado a los venezolanos, Maduro está condenado; también creo que no hay otra manera de entender ese olímpico silencio frente a lo que ocurre en el mercado del petróleo.

No es poca cosa lo que está sucediendo. En el corto plazo disminuirá dramáticamente nuestra capacidad para financiar las importaciones que nos proveen de alimento y para enfrentar el temible e inevitable pico de contagios de la primera ola de la Covid-19 en nuestro país.

En el mediano plazo, un estado, tan obeso como el tío de los sobrinos de Cilia, tan necesitado de dólares para apaciguar su desaforado apetito, no podrá controlar la espiral de hiperinflación y desempleo; los empleados públicos, los pensionados “dignificados”, de pobreza extrema, pasaremos a la indigencia.

En el largo plazo, aunque sabemos que en ese horizonte temporal SAR Nicolás I (quiero decir Su Alteza Real; no confundir con el virus SARS-CoV-2) piensa y actúa igual que otro Luis Borbón, esta vez el XV, quien dijo: aprés moi le déluge (que se jodan los que vengan después de mí). En fin, en el largo plazo, decía, los cambios estructurales que sufrirá la economía mundial y el redimensionamiento de la actividad petrolera, hacen necesario que, aun en medio de la emergencia, tomemos medidas para preparar la transición hacia la Venezuela posrentista.

Entonces, hasta ahora, solo silencio. Pero conociendo al personaje, lo prefiero callado a que, como suele hacer para evadir sus responsabilidades en situaciones que exigen integridad y coraje para tomar decisiones complejas, suelte la frase que en boca suya se escucha como una mezcla extraña y despreciable de bobaliconería y cinismo: Dios proveerá.

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