a
Últimas Noticias

Un canto para María Sérico

Sor Elena Salazar

María Bárbara del Jesús Luna mejor conocida como María Sérico, fue mi abuela. Ella nació el 4 de diciembre de 1900 y murió el 8 de agosto de 1993, nació en Agua de Vaca. Mi abuela fue una mujer de carácter muy rígido, pocas veces la vi sonreír. Con el tiempo entendí que a mi abuela no le dio tiempo de sonreír, ni de distraerse, había trabajado desde niña para ayudar a sus padres y luego trabajó hasta su ancianidad para mantener a sus diez hijos: Maximiliano, Antonia, Jesús, Inés, Andrés, Laureana, Florencio, Petra, Juliana y Erasmo. Mi abuela se casó con José Fructuoso Salazar, un día antes de morirse. Mi abuelo cuando presintió que moriría mandó a buscar al padre para que lo confesara. Cuando éste llegó al alambique, mi abuelo le dijo: “yo lo que quiero es que usted me case con María”. El padre asombrado porque pensó que mi abuelo le iba a referir sus pecados, le expresó; “está bien, pero primero debo confesar sus pecados ante el señor, a lo que mi abuelo le respondió: el único pecado es haber vivido cincuenta años con María sin haberme casado. Fue así, como en una ceremonia muy corta, en la habitación del viejo alambique, mis abuelos contrajeron sus nupcias. Momentos después del casorio, mi abuelo se despedía de la abuela para partir al plano celestial. A partir de ese momento, mi abuela pasó a llamarse María Bárbara Luna, viuda de Salazar. Meses después mi madre y mis tíos tuvieron que actualizar sus identidades.
Mi abuela María heredó el arte de hacer arepas de su madre, hacía una ceremonia de su oficio: cocía el maíz en el fogón de su casa, luego lo dejaba reposar y se levantaba de madrugada para molerlo en el vecino pueblo de La Otra Banda, donde todavía se mantiene la tradición. Una vez molido el maíz y con la masa en su espalda se desplazaba a su casa a preparar las arepas. Acomodaba su fogón y esperaba que los tizones ardieran y con el aripo bien caliente ponía unas cuantas arepas. Ella misma las envolvía en un pedazo de tela blanca recién lavada y las colocaba en una cesta. Y desde las calles empedradas de Santa Isabel retirando las ramas de los cujíes, las tunas, los cardones y piras de la laguna, pasando por El Otro Lado del Río llegaba al mercado municipal de Santa Lucía capital a vender sus arepas. Después de una larga faena que culminaba con la búsqueda de leña en los conucos de El Guayabal y La Caña, reposaba en la puerta de su casa narrando las aventuras del Tirano Lope de Aguirre, de la invasión de Morillo y su enfrentamiento con Francisco Esteban Gómez. María es ahora un recuerdo, una figura histórica que existe con sus prolongados zarcillos de oro en una de las antiguas paredes de su casa, en un marco de cedro diseñado -por su hijo Jesús- para ella antes de morir. María es la memoria del siglo pasado, que sólo aparece en el día por los lados de El Guayabal y del Matasiete, con un haz de leña como diadema en su cabeza, y por las noches en los sueños de los alambiqueros, escondidos entre los calcinados ladrillos, clamando un poco de ron para seguir velando el añejo destilador de Los Sanabria. María se hizo música Ahora sus cenizas viajan por Pampatar y La Asunción.

                                                                                                      Sor Elena Salazar
Difunde está información
Compartir con:
Califica este artículo

lahoradigitaldiario@gmail.com

Sin comentarios

Deja un comentario