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La segunda muerte de Cirilo Brea. Por: Antonio Ecarri Bolívar

El famoso intelectual español Jorge Semprún escribió una novela que tituló La Segunda Muerte de Ramón Mercader, en el año 1978. En ella el protagonista es un nombre de ficción, pero que mantiene una relación de homonimia con otro Ramón Mercader: el asesino de Trotsky. De modo que presenciamos una relación novelada entre lo real y lo ficcional.


El recuerdo del libro de Semprún viene a cuento, por el título que escogimos para este artículo. Cirilo Brea fue un militante de Acción Democrática, quien se hizo tristemente célebre en los anales históricos de El Partido del Pueblo, porque en el año 1941 traicionó a su partido, por tratativas con el régimen de aquella época y no dejó dudas que lo hizo por prebendas económicas, impidiendo la elección de los diputados de la oposición al régimen lopecista. 


Las cosas ocurrieron de la siguiente manera: en 1941 los diputados eran escogidos del seno de los únicos organismos elegidos por voluntad popular, que eran los Concejos Municipales. Esos diputados elegidos por el Concejo Municipal respectivo iban a constituir el Congreso de la República, que era el que designaba, a su vez, al Presidente de la República. 


En aquel momento, el Presidente era el General Eleazar López Contreras y se iba a escoger su sucesor.


Convocada la elección municipal, salieron electos concejales del partido PDV del gobierno, quienes, en alianza con los comunistas de la UPV, aún no tenían los votos suficientes para ganar esa elección. Por su parte, la oposición de manera inesperada había obtenido un triunfo que auguraba tener asegurada la representación parlamentaria, por el Distrito Federal. Sin embargo, uno de los concejales electos, militante de AD, de nombre Cirilo Brea, traicionó a sus compañeros y al sumar su voto a los candidatos del gobierno fueron estos y no los opositores, quienes resultaron designados como Diputados al Congreso que elegiría a Isaías Medina Angarita.


La lista de los grupos de oposición derrotados la conformaron los aspirantes principales: Humberto Fernández, Rómulo Betancourt, Gregorio Prato, Lorenzo Fernández, Silvio Gutiérrez, y Felipe Sader Guerra. Y los suplentes Gonzalo Barrios, Rafael Caldera, Pedro González Rincones, Raúl Leoni, César Duarte y Carlos D´Ascoli.   El diario El País, vocero de AD, despliega una agresiva campaña contra el gobierno acusándole de practicar una política de compra de votos. Y señala al disidente Cirilo Brea como traidor a este partido a cambio de prebendas otorgadas por el régimen.


Como todos sabemos, a ese Congreso de la República, concurrieron dos candidatos presidenciales: el General Isaías Medina Angarita Y Rómulo Gallegos. La elección la tenía asegurada Medina. Gallegos se presenta, simbólicamente, para dar una lección pedagógica a Venezuela, denunciar este sistema antidemocrático y preparar el camino para una futura elección universal directa y secreta que era el desiderátum de la política de AD y que le entregaría la soberanía al pueblo, por vez primera, en 1945 al derrocar al régimen medinista.  En el transcurso de estos 78 años de vida política de Acción Democrática, este partido ha tenido divisiones, por razones ideológicas o por diferencias para escoger a su abanderado presidencial. Pero desde la famosa, aunque dolorosa, traición de Cirilo Brea nunca más había sufrido la defección de un dirigente, que haya sorprendido tanto, como la inesperada traición de Bernabé Gutiérrez. 


No porque alguien lo creyera incapaz de hacerlo, sino por la oportunidad que escogió para su felonía: el momento en que toda Venezuela lucha por salir de un régimen que la ha sojuzgado, expoliado, maltratado, hambreado, la ha convertido en un Estado fallido y producido la más grande diáspora, en época de paz, que ha sufrido la humanidad. Y ese régimen, en su agonía, le paga al felón entregándole las siglas de El Partido del Pueblo. Pierden su tiempo.   


Los traidores son como los verdugos, nadie los recuerda en el futuro, sino a sus víctimas. Hoy nadie recuerda a Cirilo Brea y todos a sus víctimas: Betancourt, Leoni y Caldera, tres presidentes de Venezuela. 


Ya lo decía Andrés Eloy ante la tumba de Leonardo: “(…) Torpe y bruto el verdugo que a cambio de un mendrugo que no podrá durar más que su vida, ganó el triste renombre del que esgrimió el flagelo, del que tiró la piedra, del que trenzó el espino, del que buscó la cruz, del que enterró los clavos, del que sirvió la hiel, del que clavó el lanzazo, para que así quedara, redonda y sin defectos, la fábrica del mártir, la estatua del maestro. (…) Mientras la forja de apóstoles y mártires el pueblo los levanta de la sangre y la tierra, y los eleva al bronce de la estatua y los lleva en sus hombros a la solemne paz de los panteones y los pone en los labios de la patria que nace, en el aire sin mancha de la escuela. Y los arrulla en la canción de cuna, para dormir al niño que llevará sus nombres”.


Si a nosotros, sus compañeros, nos afectó, no quiero imaginarme el trauma que están pasando sus íntimos, al ver que esa traición la ha consumado llevando de la mano, al cadalso de la ignominia, a su propio hermano.


¡Qué dolor! Estamos presenciando la segunda muerte de Cirilo Brea.

Antonio Ecarri Bolívar

Vicepresidente de Acción Democrática

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